Vivir rodando

3 agosto, 2015
by wonderblog

Un coche pasa tan rápido que ya se ha perdido de vista. Son las seis de la tarde y en la plaza Blanca una paloma echa a volar y se esconde detrás de las nubes. Ángel toca la guitarra con una, dos o tres cuerdas. No importa suena bien, bastante bien, a pesar de no estar afinada. La funda es de cartón y se sujeta con unas cuántas grapas mal puestas. Apoya la cabeza en la guitarra y toca cómo si le saliera desde muy dentro, con mucho sentimiento. Rasga y canta con fuerza, hasta quedar casi sin aliento. Tiene los ojos pequeños y muy rojos. Lleva una chaqueta de cazador, desgastada y con muchos bolsillos. Me pregunto que secretos guardará ahí dentro, pero no pregunto. En los pies unas sandalias negras con calcetines de colores, bastante sucios. – “You, ¿tienes un rubio?”- . Ya no recuerda mi nombre… Le suele pasar, con todos. Por eso, por aquí ,todos le conocen como “El you”; es su apodo y dos de las palabras que más salen por su boca. A cambio del cigarro me ofrece vino tinto, caliente y en Tetra Brik. No se puede negar que es agradecido haciendo sus trueques. Se lo agradezco y señalo a modo de “no” un vaso de plástico que esconde un amargo café con leche. Sigue tocando. Está sentado en el desgastado y sucio muro. Para no mancharse, apoya su pateado culo en una portada del “ABC”, de hace unos días. Carlitos le acompaña con las palmas. En el barrio -de dónde es hijo no predilecto- le respetan y cuidan. Vive rodando, con poco peso y muchos menos lazos. Una pelota de basquet se acerca y huye lentamente de la improvisada pista de asfalto, dónde seis filipinos juegan desde hace un buen rato. Un chico nos sonríe, saluda y va a buscarla. Los colegas le llaman. Pasa rápido y siguen jugando. Ángel y Carlitos están contentos esta tarde, parece que les gusta compartir un rato de sus singulares vidas, explicar anécdotas y aventuras, sólo si te ganas su confianza. Está claro… Ara tocan y cantan una se sus composiciones: “corre coleguita, pilla la mandanga estáte al loro, que viene la pasma”. Pero no todos los días son domingo en la plaza. Cuándo hace buen tiempo está “bien” dormir en la calle, estar de fiesta. Pero en invierno el frío traspasa cartones y cala huesos y quiebra el alma. En más de una ocasión se han encontrado que les han robado las mantas con las que se tapan o les han requisado su equipaje ambulante. A veces son ellos mismos que se roban. Pero, generalmente, son legales. Todo depende -cómo siempre- de las circunstancias. Por la mañana cuándo la ciudad aún duerme, la policía los despierta a menudo sin demasiadas contemplaciones. Hay algunos educados y amables: se acercan los despiertan suavemente, sin hacer apenas ruido. Otros, ni siquiera se bajan del coche patrulla. También hay quien los despierta a gritos en la oreja o a toque de pito. Carlitos no lo soporta. Reconoce con una sonrisa socarrona que le gustaría, algún día, ser él quien -para variar- los asustara. Ahora ha dejado de tocar las palmas ríe forzando los labios, imaginando la esperada venganza. Llegan cinco estudiantes universitarios, luciendo carpetas rebosantes de apuntes y haciendo la suya. Se sientan en el banco de la izquierda. Uno de ellos saluda y, después, continua hablando con el resto. Carlitos me explica que, más de una vez, los basureros se han apuntado a su fiesta y han acabado cantando y bailando las canciones improvisadas que les regalan. Cómo a mi ahora. Por eso son los reyes de la plaza. De tanto en tanto, se deja caer por aquí otra gente un tanto peculiar: cómo un sevillano que echa de menos su tierra, pero que no se va porque afirma que su corazón pertenece a una catalana. Un brasileño que aparece, se está cuatro o cinco días con sus noches perdido por el camino de la mala vida y luego desaparece, de nuevo. Dos extraños hermanos que cuándo hablan parecen enciclopedias y a quienes les gusta sentarse en la plaza y hablar hasta que se hace tarde. La plaza Blanca se ha convertido en un punto de encuentro de personajes que se encuentran, conviven y pasan los días sin prisas, sin pautas, sin ritmos. Sencillamente aprendiendo a sobrevivir. Un poco cómo todos.Cada uno a su manera. 

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Imágenes: Lee Jeffries (nacido en 1971 en Manchester, dónde vive y trabaja) es un fotógrafo inglés autodidacta. Estas imágenes pertenecen a una serie que bajo el título de “Homeless” retrata a personas sin hogar de Inglaterra y otros puntos de este planeta. Cada una con su pesada mochila. Todo empezó en el 2008, con un encuentro casual con una joven de dieciocho años que vivía en la calle. Parece ser que al principió le robó a esa chica una foto mientras dormía en su saco pero algo le hizo quedarse a hablar con ella. Y a partir de ahí su enfoque y su manera de disparar cambió para siempre. Le impactó. Y empezó a pedirles permiso para retratarlos, pasar algún tiempo con ellos, conocer su historia e inmortalizar sus rostros. Utiliza fondos negros, sombras grises, con algunos destellos de luz para captar esas caras deterioradas y marcadas por cicatrices y arrugas que esconden duras historias.

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