Tres años con Lucy Love

4 enero, 2014
by wonderblog

 

 

Cuando me quedé embarazada todo el mundo me decía: “Tu vida va a cambiar, no imaginas cuánto”. Y es verdad que no podía ni siquiera intuirlo. No estaba preparada para lo que vendría. Ser madre ha cambiado mi vida. Siento que he renacido, en todos los sentidos. Mr Kitt y yo decidimos que queríamos ser padres tras dos años de relación. Nos queríamos tanto que soñábamos con tener un hijo. No necesitábamos esperar más. Nos habíamos encontrado. Y así fue: lo pensamos, lo decidimos y nos quedamos embarazados en menos de dos meses. Casi no tuvimos tiempo para asimilarlo. Un noviete muy yogui que tuvo una de mis mejores amigas me dijo una vez que los hijos nos eligen antes de nacer y que vienen para ayudarnos a crecer. Si es cierto, supongo que Lucy Love tenía muy claro que no podía esperar más, que era su momento y que nuestra familia necesitaba su luz. Y aquí nos tiene en pleno doctorado. Intentando cambiar patrones de crianza para tener una sociedad más sana, equilibrada y feliz.

Recuerdo que durante el embarazo se apoderó de mi una alegría por vivir indescriptible. Mr Kitt me miraba alucinado, no era para menos… Es cierto que soy sensible por naturaleza y empática por vocación pero es que , durante esos meses, lloraba de felicidad, por las esquinas; al escuchar los latidos de Lucía, al tocar mi enorme barriga e imaginar su carita, con las primeras patadas… Pero es que también me caián los lagrimones al escuchar una canción de las bonitas o al ver algo bello: un beso de amor verdadero, el sol entrando a escondidas por una ventana, las olitas del mar… En serio, era una locura, de las buenas. Me sentía muy viva. Con ganas de gritarle al mundo: soy feliz.  Y también muy gorda. 20 kg. de más le di a mi pequeño cuerpo que aguantó estoicamente hasta el final. Eso sí, descubrí que es tener papada, unos dedos gordos como butifarras y unos muslos tan voluminosos que al caminar se rozaban. Pero yo me sentía bella, fuerte y poderosa. Como una diosa fértil. Gaia. Los ojos me brillaban. Incluso ahora al verme en las fotos puedo percibir esa energía. Nunca más he sentido en mí esa espiritualidad. Esa sensación de trascendencia. Como tocada por una varita mágica para darle un sentido a la vida. PODER CREER, al fin. Así, sin más.

Después, en el puerperio, me dio por llorar a ratos. Me sentía más “petita”, como quebrada en mil pedacitos, perdida en mi misma. Y con una enorme pena por los que no estaban y por el mundo, en general. Sentía un vacío en mi interior. Eran momentos, iban y venían. Con Lucía enganchada a todas horas en mi pecho, como un zombie andando por la casa, ojerosa y destartalada. Me quedaba dormida quizás antes que ella, tarareando nanas. Y el olor a leche. Y a vómitos rancios en mis camisetas, en los camisones, en los pijamas y en las sábanas. Ahora cuándo pienso en esos días me emociono. Y pienso que eran galones. Medallas. A una mamá novel. Y entiendo esos sentimientos. Estaba naciendo como MADRE, que no es poco. Y necesitaba mi tiempo. Todo un proceso. Para dejar de ser un sólo YO y formar un NOSOTROS. Eso fue hace tres años.

Ella nació un 28 de diciembre, tras 14 horas de parto, que se dice pronto… Y no fue un parto natural. Fue en un hospital. Inducida. A las 41 semanas. Nos dejaron en una sala, solos para hablar, empujar y gritar sin miedos. Cogida a la mano de Mr Kitt que no se separaba. Que vio mi lado más animal y ancestral. Aquella noche hubieron doce partos, todos cesáreas menos el nuestro. En palabras de los médicos me respetaron porque era joven. Eso sí, cuándo ya estaba dilatada de ocho centímetros pedí a gritos la epidural. Podría haber aguantado pero las contracciones con oxitocina eran difíciles de soportar. Al menos para mi. Admiro a las mujeres que paren en casa. Mis abuelas, algunas amigas que van a contracorriente y otras muchas mujeres en todo el mundo. Yo no pude. No fui tan valiente. Pero aunque soy un bicho raro guardo un buen recuerdo de un parto medicalizado. Nada más nacer la sostuve en mi pecho, piel con piel, durante una hora. Desnudas las dos, arropadas por una sábana y el amor de nuestro hombre. La miré y pensé :“Te doy mi amor para siempre jamás, como en los cuentos” . Y ahí empezó la aventura más transformadora de mi vida. Y ya van tres años de aprendizajes, retos e ilusión.

El primer año fue contemplativo: nos pasábamos mucho rato mirándola y abrazándola. Cómo monetes. La besábamos, a todas horas. Y aún lo hacemos. Es constante. Siempre le digo a Mr Kitt que cuándo sea mayor, Lucía no podrá decirle a su terapeuta que le ha faltado el amor de sus padres. Eso seguro que no. Otras cosas ya veremos. La adoramos, se lo demostramos y lo siente y lo sabe. Recuerdo que con poco más de diez meses le preguntábamos “¿Dónde está el amor, Lucía?” y ella señalaba con su dedito en el corazón. Esa fue su primera “gracia”. Luego, evidentemente, fue hacer el zombie y el chewaka. Que para eso su padre es todo un freak. Y así, fue creciendo y creciendo. Hasta que un día empezó a caminar. A los once meses. Por Navidad. Fue un regalo. Al principio los pasos eran inseguros; buscaba sillas, muebles, piernas dónde agarrarse. Y ahí empezó para ella una nueva aventura: abrir cajones y vaciarlos. En un segundo, todas las servilletas, manteles y trapos acababan en el suelo. Durante un tiempo estuvimos pensando seriamente en matricular a nuestra pequeña criatura en Hogwarts. Era sorprendentemente rápida. Y mágica. Una de sus aficiones era tirar al suelo los dvd’s de la estantería. Y reírse mientras lo hacía. Nosotros teníamos que contener la risa. Otra costumbre era sacar las ollas y sartenes del armario de la cocina. Pronto adaptamos la casa para que pudiera explorar, descubrir y hacer ruido sin hacerse daño y sin herir nuestro amor material por cosas bonitas de Star Wars, colecciones varias, álbumes de una vida salvaje antes de la llegada de las princesas, los unicornios y los dragones rosas… A ella le encantaba apagar y encender las luces, abrir y cerrar puertas, esconderse detrás de las cortinas, de sus manos, de la sábana… Siempre con esa sonrisa. Iluminándolo todo. Cuándo aún no hablaba a penas lo entendía todo. O eso nos parecía. Nos escuchaba e interactuaba. Y luego poco a poco las primeras palabras made in Lucy Love: las valles (las llaves) la susha (cuchara) los papos (zapatos) abus (dibujos) pipís (pájarillos). Enseguida empezó a construir frases tipo “mamá akí a vor teta” “mamá deja tikitikii” (que dejará el móvil) “papá ma kitao xixos (los simpson)” y ya nunca más se calló. Con menos de dos años era toda una parlanchina que no paraba de dar ordenes. A todos. La gran dictadora. Le gusta probarnos. Poner nuestra paciencia al límite. Y a veces lo consigue. Sobretodo esos días grises que llegamos cansados. Y ella no para. Siempre quiere más. Su energía es arrolladora. Deberían invertir los pocos fondos que destinan a I+D+I en averiguar cómo se cargan de energía los bebés. Podrían ser una fuente limpia inagotable. Como en esa gran peli de Pixar, “Monstruos S.A”, -que por cierto a ella le encanta- dónde la empresa se dedica a obtener energía a partir de los gritos de los niños y después de sus risas. Lucy Love sería un gran recurso. Nunca se cansa. Siempre está alegre.Y no importa que la lleve al parque, después de un día de escuela. Ella aguanta carros y carretas. Nunca quiere ir a dormir. Y más de una noche, como canta Sabina, nos dan las diez y las once, las doce, la una y las dos y las tres… Eso es lo que tiene no practicar el método Estivill. No la escuchas llorar pero añoras el silencio: “Papá, agua; Mamá, teta: Papá, pis; Mamá, los tres cerditos”. Y así podría seguir con cien excusas más para no cerrar los ojos y dormir. Aunque es verdad que cuánto mayor es más duerme y menos se despierta. Aunque aún me parece una ilusión que pueda llegar “La Noche” en la que se vaya solita a dormir. A su cama. Y deje atrás los despertares. Pero llegará. Cómo todo: un día ya no necesitan llevar pañales, otro empiezan las preguntas para las que, a veces, no tenemos respuesta; un día se quitan el pantalón sin ayuda y se abrochan la chaqueta, un día reconocen la letra “A” y te quedas “muerta”…

Desde que llegó al mundo Lucy Love ha demostrado su personalidad: siempre nos ha dejado claro lo que quería y cuándo lo quería. Pero ahora ya es una personita independiente. Ya lo dicen sus primeras notas del cole: “Lucía es un poco vergonzosa, cariñosa, con carácter , sabe lo que quiere, alegre y divertida. La relación con los compañeros es buena, en el juego le gusta mandar pero también se deja llevar y manifiesta sus sentimientos ante la derrota (…)”

Parece que al final educar con apego funciona. Aunque hay días que agota. No poner normas pero sí limites, no castigar, ni gritar, pero hacer qué entienda por qué se hacen las cosas. Llegar a un pacto. Dejar elegir. Respetar. Y tirar del sentido común. Y con mucho amor. Comprender que somos individuos pero juntos formamos uno. O mejor aún; una familia. Crear un fuerte vínculo para luego ser independientes. Cuándo eres padre viajas a la velocidad de la luz. El tiempo pasa tan rápido que debemos vivir con intensidad cada momento con nuestros “cachorros” porque llega el día, cuando menos te lo esperas, que crecen, y ya no te necesitan tanto. Por eso Mr kitt y yo tenemos claro que no queremos perdernos una infancia que nunca más volverá. Sólo tenemos una oportunidad. Hay que aprovecharla. Y en nuestro caso lo estamos cumpliendo. Ultimamente leo en muchos artículos que a los hijos hay que darles tiempo de calidad. Pues desde aquí reivindico que hay que dar tiempo también en cantidad. Disfrutar de horas de juego y diversión, de sueños, ilusiones e intereses… Pero también de los momentos de aburrimiento, de incertidumbre, de penas compartidas y de miedos por superar. El tiempo que no se pasa con los hijos no se recupera. Nosotros queremos disfrutar de su compañía, de su aprendizaje, de su desarrollo y su cariño. Estos tres primeros años de vida han pasado como una estrella fugaz. Así que seguiremos así con la vista clavada en ella. Nuestro único deseo.

cumple

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4 comments

  1. Raquel Díaz
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    Hala! Petita!! Me he emocionado mucho al leer este post. La felicidad se ha apoderado de Can Sant Marti desde que llegó Valeria, no puedo ni imaginar cuanto es capaz de crecer este amor a medida que ella crezca.

    Antes nos teníamos el uno al otro, después tuvimos a Valeria y ahora lo tenemos TODO!

    • Lucy
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      Raquel ese amor no para de crecer, cada día un poquito más. Y ya verás el día que te diga “mami te quiero” ese momento es inolvidable. Bueno en realidad son tantos… Yo voy apuntando en una libretita cositas de sus progresos, que son un poquito también nuestros. Gracias por leerme y por compartir esta ventana.

    • Lucy
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      Nani es que la maternidad nos despierta la creatividad un poco a todas. 🙂

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