Soñando, de cara a la pared….

16 noviembre, 2017
by wonderblog
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Son las tres de la tarde. De un martes, prendido en fuego. Por la carretera los coches desaparecen. Pasan rápido como esta vida cabrona, si no te detienes a saborearla. He quedado con Daniela. Una chilena de ojos intensos y una luz especial. Habla casi tan rápido y claro como se mueve. Siempre parece ocupada: citas, llamadas, reuniones…  Es la tercera vez que nos vemos. Pero hoy no quedamos en la entidad. Hoy me lleva de ruta por algunos locales de la ciudad. Por esos suburbios dónde las mujeres venden su carne y su esencia al mejor precio. Mientras, la ciudad sigue mirando hacia otro lado ella las mira de frente.

 

Les lleva condones, de diferentes tamaños y sabores en una bolsa de color negro que se balancea  como el futuro incierto en su mano derecha. Son su billete de entrada.  Una excusa para poder hablar con ellas, saber cómo están, cuánto trabajan, cómo y en qué condiciones. Y ofrecerles a cambio información y protección… También les lleva lubricantes y algunos papeles que sobresalen de una carpeta -que sostiene con firmeza en la izquierda- y  dónde imagino datos y nombres de princesas exóticas llegadas -la mayoría- de tierras lejanas…

 

Hoy la acompaño. No soy asistente social. Soy una infiltrada. Una cuenta cuentos. Narradora de historias que no siempre acaban bien. Y aunque quiero dejar atrás prejuicios cuándo abre la puerta la tremenda “mamasita” soy consciente que su realidad va a prender fuego en mi alma. Soy mujer.

 

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De repente, después de traspasar un pasillo largo y estrecho aparecemos en una habitación de poco más de 14 metros cuadrados. El olor es intenso. Una mezcla a café, comida, perfumes y cuerpos marcados por  tranvías de deseo.   Aquí descansan, conviven, compiten y se desgastan…   Justo a la entrada hay una pequeña cocina, con una mesa repleta de cosas: neceseres de colores llamativos, vasos sucios y revistas de todo tipo, esparcidas dónde comen  -aveces de pie- pues no veo demasiadas sillas. Me pregunto si compartirán sueños y pesadillas. No pregunto.

 

Noto que nos observan. Todas menos una. No veo su cara. Sólo su larga melena negra y rizada. Lleva una camiseta de tirantes y unas bragas de encaje. Negras. Dos tatuajes se expanden como un galaxia infinita en sus largas piernas. Parece absorta mirando alguna comida que da vueltas y vueltas en el microondas…   Miro hacia el otro lado de la estancia dónde  hay instaladas diez literas. Imagino que allí descansan,  a ratos, cuándo no trabajan. La luz es tenue.  Suficiente para ver bien sus cuerpos voluptuosos. No hay ninguna ventana. O quizás las camas tapan la única salida. Veo mujeres llegadas de Europa del Este, de Latino-américa, de África… Ninguna catalana. Por lo menos, no, aquí, en este local. Ahora.

 

Todas van muy maquilladas y medio desnudas: lencería barata, vestido de estampados estridentes y faldas muy cortas, como sus sueños. Parecen dispuestas a entregarse a unos brazos y a cualquier boca. Preparadas para fingir cuando la luz roja y el timbre se enciendan. “Maria” (intuyo que no es su verdadero nombre) es una cubana de cuerpo diminuto pero poderoso y exuberante. Me mira recelosa mientras se pinta las uñas de un rojo intenso. A su lado sonríe una rusa, que se hace llamar “Svetlana”. Acaba de llegar del País Vasco y me explica cómo le ha ido con el cliente.  “No soporto cuándo vienen sucios. Les obligo a limpiarse, siempre”. Asegura que es trabajadora sexual sólo un par de veces al año y que en 21 días ganará unos 3.000 o   4.000 euros libres de impuestos. “-¿No está nada mal, verdad?”– me pregunta con sorna Daniela. Y pienso cuántos meses tengo que trabajar para llegar a esa cantidad. Claro que ellas trabajan día y noche. Y les falta vocación. O quizás sí. No lo sabré nunca.

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Me explican que hacen plazas de 21 días seguidos, en este local. Después  descansan durante una semana, y se trasladan a otro lugar. Evidentemente, el descanso coincide con los días en los que las mujeres tienen la menstruación. Y así, en el local siempre hay rotación de chicas. Y los clientes no se aburren de ver los mismos rostros, las mismas curvas. Desgastadas después de trabajar unas 15 horas diarias. Los excesos acaban pasando factura.  Aunque se maquillen, como profesionales.

 

Le pregunto a “Svetlana” cuál es su motivo. “-El dinero. Todas lo hacemos por un motivo y el mío es el dinero. Yo en mi ciudad trabajo de auxiliar de enfermera. Y esto lo hago para sacarme un sobresueldo. Nadie me obliga. Y en la habitación soy yo la qué decide qué y cómo. Tienes que marcar tus límites. Yo no me drogo, Yo no lo hago con otras mujeres”-. Lo tiene claro. En cambio yo dudo.

 

Aseguran -con indignación- que la casa se llevan el 50% de sus ganancias. No lo encuentran justo, pero es el precio que han de pagar, por su seguridad, por unas sábanas limpias y por tener a todas horas clientes. Al ser un piso, escondido en un bloque de viviendas, tienen que anunciarse en páginas de contactos que se publican en Internet. O en los diarios. Pagan con su sexo parte de las mentiras que tu y yo leemos por la mañana. Y eso sale caro. Pero la recompensa es que aquí nunca faltan los consumidores de sexo: sexo dulce,sexo salvaje, sexo sucio, sexo perturbador, sexo en silencio, sexo a gritos, sexo en grupo, sexo entre dientes.

 

Aseguran que algunos sólo quieren ser abrazados. Ser acunados en su pecho. Hablar y sacar lo que llevan dentro y no se atreven a compartir en casa. Otros consumen cocaína y buscan compañía para sentirse menos solos. Menos perdidos.  Menos atormentados por la culpa. También hay bestias pardas que las tratan como muñecas rotas. Y las acaban rompiendo. Aunque sea poco a poco.

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No han pasado ni veinte minutos y ya han pasado cuatro hombres en busca de sus servicios.  No les veo. Y es que mientras ellas se exhiben, en la otra sala, Daniela y  yo esperamos a que vuelvan en la misma habitación.  No importa, prefiero no ver las cara de ellos y   puedo imaginarlas desfilando sus atributos. Subidas en unos tacones de infarto.  Ellos pagan. Ellos eligen. A veces sólo desean pasar un rato con una chica. A veces quieren dos. O más según el tipo de función… Solteros, casados, jóvenes, abuelos… Parece por la intensidad de las visitas que casi todos  los hombres del barrio son náufragos en esta isla …

 

“María” me explica sin tapujos que sus clientes predilectos son los hombres de más de cincuenta. –“Acaban antes y te tratan mejor… Aunque hay días que deseo que no me toque ningún hombre, porque algunos te tratan como si fueras un animal… Ya no creo en el amor,  creo que no me voy a enamorar nunca“-. Fuma muy lento. Y habla mientras mira el vacío. Me explican que ellas tienen sus técnicas para engañarles y que sucumban a su seducción; para no consumir coca aunque ellos crean que sí, para ponerles el preservativo, sin que ellos sean conscientes. Sus manos y bocas son prodigiosas. Y muy rápidas.

 

Me sorprende, por eso, que algunos hombres no quieran tener sexo con protección, que incluso insistan y les paguen más dinero si aceptan el riesgo. Y algunas caen en sus trampas. La necesidad  aprieta.  Pero  “Claudia” lo tiene muy claro y es contundente: -“Yo vine a dar un futuro a mis hijos y no a contraer enfermedades. Yo quiero estudiar, integrarme en el país porque la juventud no es para siempre“- .

 

Daniela me explica que “Claudia” se apunta a todos los cursos que le proponen desde la entidad. Y que siempre busca otras opciones. De hecho, desde hace un tiempo trabaja también como “asistenta sexual” . Ofrece servicios íntimos a personas con  diversidad funcional. Y me explica sin tapujos los beneficios terapéuticos de ofrecer caricias, deseo y placer a esas personas que sienten un profundo vacío.

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“Claudia” es diferente al resto. Dice que “aunque no va proclamando a los cuatro vientes que es “dama de compañía” ella no se esconde, da la cara a pesar de las críticas y decepciones que se ha llevado en la vida. “A muchas les da vergüenza decir que son prostitutas. Pero si lo hacen libremente cada cual que haga con su cuerpo lo que quiera… Este es el trabajo  más antiguo del mundo y ya va siendo hora que le den algo a cambio… Necesitamos un cambio de mentalidad. Dejar de ser cínicos. Así saldríamos ya de esta crisis“-. Y así como otras no quieren ni hablar de una hipotética legalización ella no dudaría en cambiar su suerte.

 

Daniela  me explica que hay mujeres que pagan sus  autónomos y cotizan en la seguridad social con la categoría de actividades liberales, también me cuentan que en Ibiza y en otras ciudades ya existen cooperativas dónde las trabajadoras sexuales agrupadas luchan por sus derechos, contra el proxenetismo, para compartir infraestructuras y declarar oficialmente sus ingresos.

 

A las 4 de la tarde las visitas no paran. Como las historias que me cuentan. En sus relatos encuentro similitudes.
– En el pasado ninguna había soñado acabar aquí. Pero la necesidad empuja. Sin estudios, sin papeles, sin oportunidades te puedes imaginar que sus salidas son casi nulas.
– En el presente tienen una familia que pasa hambre, sobre todo hijos que mantener.
– No hay futuro para ellas. Por eso siguen soñando de cara a la pared.
Y no seré yo quien las juzgue.

 

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Ilustraciones: Takato Yamamoto (cartelista e ilustrador, nació en la prefectura de Akita (Japón) en 1960). Sus dibujos transmiten el placer, el dolor y el deseo más perturbador.

http://www.yamamototakato.com/

 

 

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