Pinta que te pinta

3 junio, 2014
by wonderblog

Ayer acabamos en el parque, como todas las tardes, para variar. Es mi sino. Aunque siempre intento disuadirla en su empeño al final siempre gana y acabamos yendo. Es muy cabezona. Creo que nos supera a los dos. Unas veces vamos sólo un rato, otras muchas, me parece una eternidad. Acabo con las manos heladas, la nariz roja y la paciencia bajo mínimos. Aunque confieso que en esta batalla me dejo ganar. Es de esas cosas que me dan mucha pereza al principio: por la rutina, las bajas temperaturas de este largo invierno y los conflictos que siempre aparecen… Aunque después, al final, acabo disfrutando de ser cómplice, observadora de sus momentos y porque sé que estos ratos también pasarán, cómo todo. Cuándo eres padre o madre con reducción de jornada, en el paro o con flexibilidad de horarios acabas compartiendo muchas tardes con otros progenitores noveles o consagrados. Es divertido ver cómo actuamos: haciendo turnos para que los peques suban al tubogan, negociando para que dejen a otros niños montar en el columpio o mediando en un posible conflicto de intereses por una pala, por un palo o por cualquier cosa. En mi caso prefiero intervenir poco. Lo justo y necesario. Y dejarla que aprenda a solucionar sus propios problemas. Y ver cómo lo hace. Claro que siempre estoy muy atenta. Con el tercer ojo para evitar que la discusión llegue a las manos. A veces pasa. Y entonces todo son caras de circunstancias entre los papis y lagrimones en las caritas de nuestros pequeños. Lo bueno es que en dos segundos – para nuestro alivio- vuelven a jugar a construir castillos, a cantar, a bailar….Sin rencores. Pues ayer, Lucy Love vio que llevaba mi libreta de grabados con flores en el bolso y a ella le encanta dibujar en ese cuaderno. En realidad, en todos los que tengo…Pues fue abrir la tapa y su amiguiita Mencía se apuntó enseguida a la fiesta de colores. Así que se pusieron mano a mano, a dibujar garabatos. Puntitos chiquititos, círculos más grandes, una cosa extraña que decían era mamá, dos bonitas letras “A” de amor en grande… Vamos que estabámos disfrutando de un ratito mágico. Y tranquilo… Pero vino otra niña, más chiquitia que quería también dejar su firma, e nuestro cuaderno familiar, ser parte del legado. Supongo que mi leona no vio con buenos ojos a la “invasora” así que desde el principió le dejó muy claro que no iba a ceder tan facilmente las posesiones de su mamá. Y le soltó un “No” rotundo. Mi cara era de circunstancia. Siempre queremos que los hijos sean perfectos. Aunque por suerte, no lo son. A favor de mi hija tengo que decir que sólo habían dos bolígrafos y eran tres niñas… En su contra no puedo callar que Mencía, su amiga, no tardó ni un minuto en ceder a Júlia, “la invasora”, mi bolígrafo azul. Su papi la miraba orgulloso y satisfecho. Yo empecé un plan de ataque. Intenté convencer a Lucy Love con argumentos tipo “dibujar entre las tres, será más divertido”, “debes ser generosa”, “ahora le toca a Julia, ¿no crees?” o “ella es más pequeña y quiere jugar contigo” … Pero no había manera, creo que compartir es una de las habilidades sociales más difíciles de enseñar a los hijos… Muy a mi pesar se acababan mis recursos. Y la mirada de la abuela de “Júlia” era cada vez más perturbadora y penetrante. Así que accedí a hacer aquello que siempre intento evitar: dominar la voluntad de mi hija y convertirla en una personita dócil y obediente. Pero lo admito. Lo hice. No soy perfecta, por suerte para mi pequeña. Así que le dije que si dejaba pintar a Júlia, “la invasora” le compraría un chicle de fresa de camino a casa. Sé que le encantan y casi nunca le damos así que estaba claro que iba a pasar: gané pero con trampa. No me gustan las amenzazas, no va con mi estilo… Pero el “chantaje en positivo” es un recurso que a veces guardo como un avispado jugador guarda el as en su manga. Fue decirsélo y soltó el boligrafo y hasta una parte de la libreta. Al principió me sentí un poco mal. Me gusta jugar limpio, siempre. No se puede obligar a un niño a compartir, tiene que estar preparado. Y a la mayoría les cuesta hasta los cuatro o los cinco años. Pero quería demostrarle al mundo “lo generosa que puede ser Lucía”. Luego vi que las tres pintaban, comentaban y compartían. Y la culpa fue más llevadera. Seguro que si hubiera esperado un poco más mi cachorra hubiera cedido de manera natural a la insistente demanda de la más chiquita. Cada crío necesita su ritmo, pero nosotros los adultos siempre vamos escasos de tiempo… Y mientras yo andaba en mis pensamientos sobre cómo educar con respeto ellas iban desarrollando su creatividad e intercambiando las escasas posesiones de esa tarde en el parque. ¡Pinta que te pinta! Y hoy quería escribir sobre los beneficios de este lenguaje universal que nos acompaña desde que habitabamos en cavernas. Para los niños la pintura es un gran medio de expresión; les divierte les relaja y les ayuda a aprender. Y nos enseña cómo ven el mundo. Con esa mirada tan limpia. Para combinar colores, para trazar lo imposible… A veces nos gusta pintar en casa a los tres juntos. Ya sea en la pizarra, en un mural, en una hoja en blanco… Con los dedos, con rotuladores gordos, con esponjas o con pinceles… Si nos despistamos ella también se pinta la ropa, las manitas, la pared… Cada vez menos, pero aún se “sale de las líneas” marcadas por sus papis… Pero cómo ella siempre dice: “ no pasa nada, se limpia”. Y así lo hacemos. Y seguimos creando mundos nuevos, descubriendo como se forman los colores, probando texturas y divirtiendonos mucho. Que es de lo que se trata. Aquí os dejo dos de sus pinturas. Dice que son la primavera. Para ella es así.

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