¿Os apetece una historia de amor? ¿ De amor, de verdad? Pues ahí va…

24 julio, 2015
by wonderblog
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Cada mañana se levanta a la misma hora para ir a verla. Cuando el reloj marca las seis en punto. Y es curioso pero no necesita alarmas para que sus ojos se abran. Hay algo dentro de él que le activa a ver un nuevo amanecer en este otoño que parece que se acaba. Quizás por eso nunca llega tarde a su cita. Creo que hasta en sueños cuenta las horas que le quedan por ir a verla. Minuto a minuto. Y nunca llega tarde. Y nunca pierde las ganas. Porque cuándo está a su lado todo es posible: no existen los reproches, ni las despedidas, todo es distinto aún siendo lo mismo.
Piensa en ella mientras se afeita con brocha y jabón. Sin prisas. Cómo le enseñó su padre. Y se sorprende de lo mucho que ahora se parece a él. Con el alma un poco resquebrajada. Habitando la piel de una vida casi consumida. A fuego lento. Pero muy vivo. Debe rondar los ochenta años, que se dice pronto. Y aún conserva una chispa en la mirada, la de aquel niño que jugaba con el tirachinas a romper los cristales de la vieja estación, para después salir corriendo. Sin mirar atrás. Se arrepiente de tres, cuatro o diez cosas en la vida. Pero ¿quién no?
Lentamente va empapando la brocha, para deslizarla en su tez blanca. Cómo en una danza. Mientras piensa en el color de ella. A estas alturas, mantiene el mismo rosado que le cautivó aquella tarde de lluvia cuándo la vio por primera vez. Con su vestidito negro de lunares. Tan hermosa y frágil cómo ahora . Cierra los ojos y una lágrima nace para perderse entre la espuma de jabón…
Si un Dios juguetón y generoso le concediera otra vida volvería a pasarla a su lado. Pero le diría más veces que la quiere. Le agarraría más fuerte de la cintura y la llevaría a algún sitio bonito de esos que dicen que hay. Lejos del pueblo. Le cantaría una copla. Bien fuerte. Para hacerla reír. Mucho, a diario. Pero a parte de eso, seguiría vistiéndose cómo ahora con su chaquetita azul y sus zapatos gastados para salir con paso firme a buscarla. Una mañana más. Y todas las que hicieran falta. Sin miedo al fracaso. Ni a las heridas.
Cada mañana entra a la misma hora por la puerta principal: a las siete y cuarto. Es una casita pequeña y acogedora, rodeada de flores. Claveles, geranios, camelias, jacintos y lilas le acompañan en esta aventura. La última, quizás.Aunque a ella siempre le gustaron las amapolas abiertas en los campos de trigo.
En su habitación guarda un ramillete de lavanda. Hoy parece que no duerme. Está sentada viendo la vida pasar. Muy lento, tras una ventana con marcos de madera blanca. Desearía besarla, acariciarle el pelo, así sin más. Pero quizás ella hoy no recibe bien sus besos. Y prefiere ir más lento. Se detiene en la puerta, para mirarla. No duda que podría vivir así una vida entera. Ha aprendido a escuchar sus silencios. Y no es que ella ya no le quiera. Es que no recuerda su nombre, ni los años que recorrieron juntos. Y créeme, son muchos más de los que hemos vivido tu y yo hasta ahora. Ha olvidado los baches, las victorias, los hijos y los tres nietos… Aveces, muy de tanto en tanto ellos vienen a verla. Casi siempre con desgana. Pero él no les culpa y a ella no le importa.
Hace cinco años la enfermedad escondió su pasado en un lugar que nadie encuentra. Y enterró con ella sueños y esperanzas. Desde allí en sus días grises ella le mira con la mirada perdida, cómo inexistente. Otras muchas veces se pone coqueta, juguetona, y le hace promesas cómo las que se hacían de chiquillos. Quizás, en el fondo, sabe que el siempre estará allí. Puntual a su cita. Para darle los buenos días, cada mañana. Porque aunque ella no sabe quien es, él si sabe quien es ella.

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