Mejor a su ritmo que desquiciados

28 julio, 2015
by wonderblog

Suena el despertador e intento engañarme. Mr Kitt me advierte -“Venga, despertad”-. Abro sólo un ojo: -“Son las siete. Cinco minutos más”- y me doy media vuelta. Al final acaban siendo veinte. Mr Kitt ya no está. La he cagado,  esos minutos de más son los que nos van a faltar, seguro y los culpables de que hoy todas las frases acaben y empiecen con “Lucy, date prisa”… Soy consciente que esas palabras tienen poco efecto en ella. Vamos que no por decirlo más fuerte y más veces va a vestirse, desayunar o caminar a la velocidad de la luz. Aún así, las sigo pronunciando, demasiado. Debería eliminarlas del vocabulario matutino y vespertino pero es que siempre tengo prisa; constantemente hay algo que debo hacer, algún lugar dónde ir o alguien a quien visitar… Un sinfín de tareas y listas importantes… Encima ayer Lucy Love estaba guerrera y no desfalleció en brazos de Morfeo hasta las once de la noche. Así que todo a punta a que hoy le faltaran horas de sueño, seguro que no será una mañana fácil. Pero bueno: “un nuevo día, un nuevo reto”. Suena a slogan barato pero así es la vida de todos, un poco, ¿no? Me pongo a hacer mis maitines: visualizo cómo quiero que sea este nuevo día -que para eso es nuestro- haciendo un repaso de las tareas pendientes, mientras respiro, me ducho y visto, en quince minutos. No peinarse, ni maquillarse, tiene sus ventajas. Voy a su habitación o a nuestra cama -dependiendo del día y de mi dolor de espalda- y la levanto a besos. Y es que sólo los besos de amor verdadero pueden despertar a las princesas. Esa norma permanece inalterable en nuestro castillo, desde el día que nació. Después ella me abraza, me besa y me hace tumbarme a su lado cinco minutos más. Le doy gracias al mundo, a Dios, al Cosmos, a la energía, a lo que sea por este mágico momento. Pero, en seguida me levanto poseída por todo lo que nos queda por hacer y le digo:-“Venga Lucy a desayunar, que no podemos llegar tarde. Date prisa”- y mientras la llevo hacia el comedor, consciente que la estoy puteando. Mucho. Aún no sabe casi dónde está y ya he empezado con la tortura de la urgencia de un nuevo día. Le doy un respiro: la dejo en el sofá para que vea los dibujos. Es parte del ritual y así gano tiempo, vital, primordial, esencial, para mi. Y mi salud mental. Preparo el desayuno. Sin un café con leche no soy persona. Para ella: zumo recién sacado del armario y galletitas o cereales. Luego de camino compraremos un bocadillo para las dos. Echo una ojeada rápida a las portadas de los diarios digitales. Más de lo mismo.

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Le muestro la ropa -elegida por servidora, su personal shopper- y empieza la función. Tiene pinta de tragedia griega: -“No me voy a poner eso, no quiero pantalones, no me gustan, me aprietan. Quiero vestido”-. El tiempo va en nuestra contra: la conozco y me conozco. No quiero cumplir con el papel de madre desquiciada que acaba gritando y sintiéndose mal, muy mal, por perder los nervios. Accedo el cambio y le traigo el vestido. -“Ese me gusta mucho mami, el de mariposas. Mira cómo vuela” Y da un giro de 360 grados con sus ojitos brillantes absortos en cómo su colorida falda levanta el vuelo, imparable”. A ver tu. Me toca, siempre me toca. Tres vueltas. Y así danzamos como faraones la Tanura. Sonreímos pero la paz dura poco. No acepta ningunas sandalias. “-Estas no me gustan, estas me duelen, con en estas me entra la “sorra” (arena) y yo quiero ir al parque!”-. ¿La mato? Respiro y le digo convincente: “Me voy a lavar los dientes. Cuándo vuelva tienes que haber elegido los que te quieres poner. Tú misma, tu sabrás. Y date prisa que nos vamos en cinco minutos”. De nuevo, el mantra…

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Me sorprende cómo aveces mis palabras e incluso el tono, reflejan al de mi madre, pero la mujer de hace unos años. La de ahora tiene una infinita paciencia, probablemente la que no gastó con nosotros. Le quedan buenas reservas. Cruzo los dedos para que Lucy Love no quiera ponerme a prueba. Para que no se enfade sin venir a cuento, para que no le de un arranque de cabezonería o de insolencia. ¿Por qué se porta mejor con las otras personas que con nosotros? ¡Coño somos sus padres! Con los abuelos casi nunca se pelea. Ni con los paternos, ni con los maternos. Es un ángel, siempre está de buenas, con sus tios igual. Vamos que se adapta con facilidad al medio o ellos mienten como bellacos. En serio, creo que todo es por una cuestión de tiempo y flexibilidad. A ellos les sobra y se la trae al pairo si Lucy Love se sienta a ver mariquitas, si se para a coger flores o si tarda un trienio en ponerse la chaquetilla. Tampoco le exigen las mismas responsabilidades que nosotros en casa; tiene que ser así ellos son abuelos. Nos llevan mucha ventaja y tenemos que aprender muchas cosas de ellos. Aunque aveces -lo reconozco- me da un poco de coraje cuándo me dicen que “con ellos se porta muy bien”, que “es buenísima”, una “maravilla de niña”. Claro que lo es, es nuestra hija y lo estamos haciendo bastante bien entre todos. Pero con nosotros tiene más confianza para sacar a pasear a ese bichito egoísta que vive en su interior y que ruge, fuerte, aunque no tenga razón. ¿Será por eso que es menos obediente? ¿Me estoy engañando? ¿O quizás es que le gusta vernos fuera de nuestras casillas?

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Cuándo vuelvo al comedor tiene puesto unos zapatitos blancos, delante de sus pies y me pregunta: “-¿mami dónde va este? ¿Aquí?”- y señala el pie izquierdo. “Si, amor, así van. Venga, abrochamos y nos vamos” . Me alejo a buscar su bata mientras ella con sus manitas se pelea con la hebilla de la sandalia. Cuándo vuelvo es curioso porque los lleva puestos del revés… Pero pienso que es un daño colateral, fácil de reparar… Se los colocó bien. ¡Ay que pies tan chiquitos tiene! Protesta -de nuevo- cuándo ve que que en mi mano derecha guardo el cepillo azul de Frozen. Peinarse es un suplicio para ella y para mi. Así que ni coletas, ni clips, ni turbante, ni trenzas… A lo salvaje. Me mira:-“¿Lo tenemos todo?- le pregunto sin esperar respuesta. Y me observa cómo si la cosa no fuera con ella.Así es. Repaso mental en voz alta: la mochila con el bañador, crema, toalla, desayuno, chanclas la bata… Las llaves del coche, de la casa, el móvil… La libreta, los papeles del gestor, un agua fría por si ahora tiene sed, las toallitas húmedas… Vale creo que no me dejo nada. Cierro la puerta. Ahí vamos con paso firme y seguro las “despeinás”. Un tanto aceleradas, para compensar todas las paradas que quedan por venir. Son muchas, y el camino al colegio es largo, muy largo. Me da la manita nos volvemos a mirar. Mierda. No le he lavado la cara. Ya me podéis imaginar quitándole las legañas a golpe de saliva. Ay sus caras… – “Mami… Para, ya está, para”-. La dejo tranquila. A partir de este momento es ella la que “manda”. O eso intento que crea. Paramos, de nuevo, para explicarme una cosa que para ella es muy importante. Después para esconderse, para ponerse bien la sandalia, para mirar un dibujo en la pared o las copas de los árboles. Siempre jugamos a mirar entre rama y rama. Por si aparece un “monete” dando brincos. Además es una broma -made in mr Kitt- que nos invita a mirar hacia arriba, en lugar de enfrente. Pasear la mirada por los olivos, sauces llorones, algunos cerezos del japón, de encinas, de robles, de pinos, de cipreses… A día de hoy no hemos visto ningún simio dando botes de alegría al ser descubierto y es improbable que esto pase, pero no imposible. Es parte de la magia. En fin que todos estos recursos los vamos aprendiendo poco a poco. Después de muchas rabietas y disgustos. Ya son 4 años de aprendizaje y nos queda tanto y tanto y tanto y tanto. Pero, de momento, una de las cosas que hemos aprendido es que -al final- para que se adapten a nuestro ritmo ( el que nos impone el trabajo, la escuela, el sistema…) tenemos que ir respetando el suyo. Sí ellos no se sienten presionados, si les sigues el rollo todo va mejor y resulta más divertido. Sí, también para nosotros. Es cuestión de respirar, relativizar y disfrutar del camino.  En cambio, si no te paras, si no juegas, si no cantas, si no le acompañas a descubrir seguirá buscando cómo sacarte de quicio. Por la ropa, por el trayecto, por la comida o porque sí. Hay que reconocer que les mola llevarnos la contraria. Pero es que a nosotros también nos cuesta ser flexibles con sus exigencias. Y yo no quiero pasarme el día diciéndole “no” y “date prisa”.

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Las imágenes son del fotógrafo  Johan Bävman. Hace tres años se dedicó a fotografiar a otros papis que viven en Suecia con sus hijos, igual que él. Ya sabemos que ese país está en nuestro inaginario como ejemplo de políticas de paridad entre padres. Y es que es para flipar pero allí tienen 480 días (16 meses) para distribuirse entre el papi y la mami. Pues bien este fotógrafo apasionado se repartió el permiso a partes iguales con su compañera Linda. Pero descubrió que ni tan sólo allí -en el país de las maravillas- era la norma, era habitual. De hecho, sólo uno de cada cuatro se limita a cumplir los 60 días de baja obligatoria. 60 días… Creo que Mr Kitt llorará cuándo lea esto. Él tuvo que reincorporarse a los 15 días. Teníamos que comer. Y los pañales eran caros y mi baja cómo autónoma escasa, muy escasa. En fin, que he querido ilustrar este post que supongo que refleja el día a día de muchas mamis -desquiciadas por las mañanas cómo yo- con estas imágenes que estamos acostumbrados a ver protagonizadas por mujeres. Pero los papis también se implican, juegan, participan activamente y son amas de su casa. Y nos pone mucho verlos así.

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