El último vals…

“Vivimos para morir, morimos para vivir”. Algo tan sencillo y revelador pero que, sin embargo, olvidamos, a diario. ¿Por qué? Supongo que para no enloquecer. Y porque -en parte- nos creemos seres únicos e inmortales. Vaya que nos engañamos inconscientemente, para seguir avanzando. Aunque sea como zombies… Y es que duele reconocer que no estaremos aquí para siempre; que un día cerráremos los ojos y nos perderemos en un fundido a negro. O entre nubes de algodón.

La historia es que ni pensamos, ni hablamos de la muerte. No nos gusta, no toca, no se debe. Es como si al no pronunciarla pudiéramos esquivarla. O posponer ese fatídico The End”. Es normal, nadie quiere irse de la fiesta. O casi nadie. Hasta que nos toca. O aún peor: hasta que se va alguien importante en nuestras vidas. Entonces nos volvemos locos, porque no estamos preparados. Poco ayuda esta cultura occidental que nos hace vivir la pérdida como una tragedia, que a veces lo es. Y muy  injusta. Mucho… Pero también debería ser algo natural. Al fin y al cabo, todos moriremos. También tú y yo. Aunque espero que no sea hoy….

 Porque hoy -mira tú por dónde- pienso en la muerte y en que esta vida es muy corta. Tanto como intensa. Y respiro para coger fuerzas. Para poder ser valiente. Para equivocarme, otra vez. Y aprender… ¡Aunque sea a ostias! Para notar como el aire denso y caliente entra por mi nariz, baja por mi garganta y  llena mis pulmones de oxígeno. De vida. De posibilidades infinitas, para hacer las cosas de otra forma. Para seguir avanzando a pesar de los problemas, de las enfermedades, de las decepciones, del miedo, del odio…

Y echo la vista atrás. Sola. Para abrir la caja de mis recuerdos. Dónde guardo fotografías coleccionadas con amor y tesón. Imágenes que no quiero olvidar. Nunca. Alimentadas poquito a poco durante treinta y ocho años; que no son pocos… Algunas son en blanco y negro. También hay rotas, borrosas y sufridas… Pero comparten espacio con muchas otras, llenas de una luz especial. De esas que desprenden alegría, que hacen suspirar y aceleran los latidos. E inspiran. Conservo algunas bajo llave. Como los secretos inconfesables que todos guardamos. ¿O no?

Cuándo veo cada uno de estos momentos inmortalizados soy consciente que siempre habrán dificultades. Fatigas y penas de esas que queman de dentro afuera y de afuera adentro. De ausencias que atrapan en un vacío profundo. Y te dejan afligida y rota. Pero también hay  vidas  que nacen, crecen y alimentan las  nuestras.  Amores nuevos que nos hacen brillar como estrellas. Creer en la magia todas las noches, no sólo las de  luna llena. Abrazos que nos hacen sentir imprescindibles. Manos dónde agarrarnos, hasta en los momentos de más soledad. Canciones y atardeceres que devuelven el aliento.

Así que ahora que ya me han roto el corazón varias veces y que sé que es irrompible quiero seguir bailando hasta que suene el último vals. Con ganas, con sinceridad y honestidad. Y cuándo ya no esté;  algo de mi esencia quedará en el amor eterno de los que me quieren. En un gesto. Una palabra. Una mirada. Un recuerdo. O una sonrisa. Ese será mi legado. ¿Y el tuyo?

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Me encantan las ilustraciones de Kelsey Beckett por su talento y creatividad. Esta  artista graduada en Ilustración y residente en Míchigan combina la pintura al óleo con los formatos digitales para capturar el encanto, la fuerza y fragilidad de estas estas mujeres inspiradoras.

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